Ahora sí, rumbo Norte. – PARTE2

Puerto Natales, Chile-Villa O’Higgins, Chile.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde, y a pesar de que era bastante tarde, motivados por los comentarios de aquel militar, decidimos que cuanto antes empezásemos con la caminata, menos tiempo nos llevaría al día siguiente.

El primer medio kilometro fue ameno. El camino estaba bastante limpio, todo era bastante plano y no había ningún obstáculo por medio del camino, que de vez en cuando te daba la oportunidad hasta de ir montado en la bici unos metros. Pronto todo cambiaría, había pasado poco tiempo cuando nos dimos cuenta que, en el siguiente tramo, teníamos que quitar todas las alforjas de la bicicleta, llevarlas todas por separado dejando todo atrás y volver cuando fuese mas fácil, en busca de las bicis. Dicho y hecho, acabábamos de empezar la caminata, estábamos frescos, motivados y nada nos daba miedo, así que tras aproximadamente una hora habíamos completado esta primera etapa. La noche se estaba echando encima y, en medio del bosque, improvisamos un pequeño campamento en mitad de la fría y húmeda vegetación. La noche fue bien. Conseguimos descansar para lo que nos vendría al día siguiente…. En ese momento no éramos conscientes de donde estábamos.


Esa misma mañana, recogimos todo el campamento y nos echamos a la aventura. Creo recordar que estuvimos un par de horas tirando de la bici como buenamente podíamos, a ratos empujabas, otras escalabas, acarreabas las bicis y luego las maletas, pasabas “arroyitos” (que terminaron siendo ríos importantes) pero a pesar de todo esto, el camino iba bastante bien dentro de lo que cabía…

Así estuvimos durante unas horas, cuando de repente, sin esperarlo, gracias a que nos paramos porque Nacho se estaba cagando. Nos dimos cuenta que los tornillos que sujetan el porta bultos trasero de su bici se habían partido dentro del cuadro y no había manera de sacarlos para remplazarlos (tampoco teníamos posibilidad de sacar mas tornillos porque habíamos quitado prácticamente todos los tornillos posibles de las bicicletas para reparar esto mismo).

En este momento, fuimos conscientes por primera vez  de donde estábamos metidos y de lo que tendríamos que sufrir para poder llegar a nuestro destino. En ese preciso momento, apareció una guía de un hotel que había a unos kilómetros y viendo la situación en la que nos encontrábamos, lo que nos quedaba por recorrer y como estábamos, se ofreció a llamar por radio a un barco para que nos vinieran a rescatar. Pero nosotros, vascos hasta la médula, no nos quedó otra que decir que no, mordernos la lengua y seguir adelante.

 

Nuestra opción, la única que nos quedaba, era dejar las bicicletas en medio del camino donde estábamos, candarlas entre si, quitar todas las alforjas y hacer los 8km restantes que quedaban con todo a cuestas. Contando que llevamos aproximadamente 40kg de peso cada uno, y el añadido de que ese peso estaba distribuido en 6 bultos diferentes que no están preparados para portear, os podéis imaginar como fue el panorama (no hicimos ni fotos de este momento).


Nos armamos de valor y comenzamos a patear con todos los bultos…. No recuerdo la hora exacta pero puedo decir casi con seguridad que serían aproximadamente las 12 del medio día, cuando comenzó la odisea. Como bien he dicho antes, los ríos que al comienzo eran arroyos se convirtieron en ríos de verdad, los caminos despejados y libres de todo comenzaron a ser cada vez mas angostos y difíciles de cruzar y lo que parecía ser un trekking bastante sencillo comenzó a complicarse, habiendo tramos en los que teníamos prácticamente que escalar para poder llegar a las siguientes zonas. A esto, hay que añadirle que para nuestra suerte comenzó a llover como si no hubiese un mañana y que no paró hasta el día siguiente.

 

El resto del camino, lo único que merece la pena decir es que, hicimos la friolera de unas 20 paradas para descansar por el peso que llevábamos. La única manera que teníamos para seguir era la que imita el caminar de los pingüinos, nuestra ropa tenía tal cantidad de agua, que los cuarenta kilos se habían convertido en ochenta. Tras aproximadamente 10horas andando, casi de noche y con todo el cuerpo rozando la hipotermia, logramos llegar al otro lado de la laguna. Exhaustos y con una sensación agridulce en la boca…. Estábamos contentos de haber llegado y de no haber pagado el dineral que costaba el ferry pero a su vez queríamos matarnos a nosotros mismos por habernos metido en semejante barrizal.

Al llegar al otro lado de la laguna del desierto, conocimos a una pareja de italianas que viajaban juntas y estaban en un pequeño galponcito, cubriéndose de la lluvia que había. Fue ahí donde también nosotros nos cambiamos y pudimos descansar un poco, después de semejante esfuerzo. Esa tarde-noche compartimos las experiencias entre todos  e hicimos una cena en común.


Aquí, en este mismo lugar, tuvimos que estar acampando los siguientes 3 días intentando conseguir un taladro para poder hacer un agujero en el tornillo que estaba metido dentro del cuadro. Todo fue en vano porque no había manera de conseguir dicho taladro. Hasta que un día Nacho, cansado de esperar y con ganas de continuar nuestro viaje, haciendo uso de nuestras Leatherman y con mucha paciencia, se armo de valor y con los dos punzones de estas, consiguió desenroscar ambos tornillos y pudimos sustituirlos.

Ya habíamos solucionado todo para poder continuar y solo nos quedaba un pequeño trekking de 6km hasta Candelario Mancilla, lugar donde cogeríamos el siguiente ferry que nos llevaría a la Villa.
Todos los viajeros que habíamos ido conociendo por el camino, nos habían hablado de este “famoso” trekking de los 6km de después. Nos dijeron que había que ir todo el tramo empujando las bicicletas y que era bastante complicado. Había gente que tardó más de cinco horas en hacerlo. Todo esto se sumaba a que había llovido y que todavía sería más difícil. Pero después de haber pasado lo que habíamos pasado, hicimos este último en tan solo una hora y media, y, para ser sinceros, nos supo a teta hacerlo de lo sencillo que nos pareció comparándolo con el anterior.


Estábamos en Candelario Mancilla, solo teníamos que pasar la frontera y agarrar el siguiente ferry. Para nuestra sorpresa, todo salió a pedir de boca. Nada extraño nos ocurrió después y pudimos llegar a la hora al barco.

Fue cuando íbamos a entrar a éste, donde conocimos a una gran amiga, Iria, de “Una vida nómada”.  Nos dio unos consejos bastante importantes en nuestro viaje.
Tras tres horas y media de relax en el ferry viendo la película Los juegos del Hambre, habíamos llegado a Villa O’Higgins, donde muchas cosas ocurrirían posteriormente.

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2018-03-05T03:45:34+00:00