Un accidente un tanto peligroso.

Es día cinco y definitivamente tenemos que partir de aquí. Han sido muchas las experiencias en este lugar. Hemos compartido vida con una familia numerosa y todos los sentimientos se magnifican muchísimo. Pero como siempre, tenemos que partir y proseguir nuestro camino y cada vez las despedidas se hacen más difíciles.

Al principio del viaje, conoces gente, te despides y sigues tu camino sin ningún miramiento. Pero a medida que van pasando los días y estás más tiempo fuera de casa las relaciones se magnifican de tal manera que cuando conoces a la gente, se hace muy difícil desprenderte de ellos puesto que son los causantes de que por un período de tiempo, por muy breve que sea, te sientas como en casa y se te olvide que estás a miles de kilómetros de distancia.

Nuestra siguiente parada es Cañete, un pueblecito pequeño pero bastante denso en el que Ingrid, la mujer de Gastón, ha conseguido que el párroco nos de un lugarcito para pasar la noche y poder proseguir el camino.

Después de 75km y una carretera en perfectas condiciones, llegamos a Cañete a las 17:15 de la tarde y como hemos quedado con el párroco, a las 7 de la tarde en la plaza de armas, vamos a hacer un poco de turismo a un fuerte que hay para descansar de la pedaleada.

El lugar que nos dejan para dormir, es un edificio enorme donde hay una iglesia pero además, parece un colegio con muchísimas aulas puesto que se da catequesis. Es un salón con unos cuantos sofás, baño y camas para todos. Otro día más que vamos a dormir calentitos y en cama…

Han sido muchos los días de sedentarismo que hemos llevado desde nuestro paso por Puerto Saavedra y por dentro nos hierve la sangre por pedalear. Así que durante este tramo toca no parar más que a dormir en los lugares y proseguir con nuestro camino.

La siguiente parada que tenemos prevista es Arauco, un lugar de costa que queda a 70km de distancia desde Cañete, pero como nos vemos perfectos de ánimos, tenemos ganas de pedalear y el tiempo y la carretera nos acompañan, decidimos seguir hasta Laraquete, otro lugar en la costa un poco más lejos. A 90 km de distancia desde dónde estábamos. Conseguimos que nos dejen dormir en un camping llamado, Los Pinos. Está cerrado por temporada pero su dueño es un tipo muy simpático que nos abre las puertas para que pasemos nuestra primera noche a la orilla del mar.

Hoy es un día grande. No por la situación de pedalear que nos engrandece cada día, sino porque estamos llegando a Constitución, una de las ciudades más grandes que vamos a visitar hasta ahora. Todos estamos nerviosos porque no sabemos si estaremos fuera de contexto ni si vamos a saber sortear tanto caos que se vive en las grandes ciudades. Desde hace casi un año venimos viajando por zonas tranquilas y poco transitadas donde el único ruido que se escucha es el de nuestras bicicletas rozando con el asfalto.

La carretera es buenísima. El único inconveniente que tiene, es que tenemos que viajar por la autopista durante bastante tiempo. Es algo que nos tiene un poco acojonados, porque nunca hasta ahora nos ha tocado hacer un tramo tan largo por este tipo de vía. A medida que entramos dentro y vemos que el arcén es lo bastante grande como para pedalear tranquilos, sin que nos pasen los coches rozando las orejas, nos relajamos y comenzamos a disfrutar del trayecto. Es la primera vez que pasamos por un peaje con la bicicleta y por dentro nos recorre muchísima emoción, incertidumbre y una sensación diferente a la que solemos experimentar a diario. No sabemos si nos van a hacer pagar por pasar con las bicicletas pero no estamos dispuestos a que nos cobren. Nos aproximamos a la barrera, y sin levantar la vista hacia las personas del peaje, cruzamos los cuatro con cara de ¡esto que es! Y muy poco disimulo.

Cada vez estamos mas cerca de Concepción. Nos para un tipo que va conduciendo una camioneta y nos da una tarjeta de una tienda de bicicletas dentro de la ciudad. Nos comenta que su hijo arregla bicicletas y que si necesitamos cualquier cosa no dudemos en contactar con él. Le agradecemos la hospitalidad, pero le comentamos que no podemos ni queremos parar a dormir en la ciudad, que estamos buscando un lugar a las afueras para poder pasar la noche. Sin pensárselo dos veces, nos da el teléfono de su hijo y nos dice que contactemos con él. Que seguramente pueda ayudarnos con algo.

Entramos en Concepción y efectivamente todo es un caos; los coches pasan a toda ostia, hay autobuses por todos los lados, nos perdemos, estamos confundidos con tanto movimiento y al final, después de preguntar a más de diez personas, conseguimos salir de ese caos llamado ciudad.

Uno de los hombres con el que nos hemos parado a preguntar, nos ha dicho que si seguimos a las afueras de la ciudad, a un lugar llamado Tomé, tendremos un sitio para tirar las tiendas de campaña y estar tranquilos a la noche. Y cuando nos estamos dirigiendo hacia allí, recibimos un mensaje del hijo del hombre que nos ha dado la tarjeta de la tienda de bicis, que nos ha encontrado un lugar en Dichato. Uno de los pueblos más afectados por el Tsunami en 2010 y que está a pocos kilómetros de distancia de donde queríamos ir.

Estamos descendiendo hacia Tomé y hay unas curvas muy peligrosas y con un desnivel bastante pronunciado. Disfrutamos como niños bajando a aproximadamente 60km/h mientras vamos dejando los coches atrás debido a la inclinación y pronunciación de las curvas. Todos menos Jordi estamos abajo, cuando de repente un autobús nos hace unas señas con la mano y nos indica que Jordi, que no ha bajado todavía, está tirado en el asfalto. Otro de los coches nos comenta que está sangrando y para colmo, todos sabemos que baja sin casco porque le cuesta bastante ponérselo. Por nuestro cuerpo recorre semejante escalofrio por la incertidumbre de no saber que le ha pasado, que paramos a todos los coches que bajan para preguntarles. Además, hay que sumarle que la bajada es de un solo sentido y no se puede llegar hasta donde está ni siquiera con un coche. Lo que agrava mucho más nuestra preocupación.

Al final conseguimos quedarnos tranquilos porque sabemos que Jordi está en buenas manos ya que unos motoristas que bajaban le han acompañado mientras comprobaba que seguía entero y que podía seguir pedaleando hasta abajo.

Una vez que ha bajado con nosotros, nos damos cuenta que ha reventado el corta vientos que llevaba puesto y el manillar también esta algo tocado. Nada grave que impida seguir con el viaje, solamente un moratón grande en la pierna que indica que esa tarde se ha acabado el pedaleo para él. Estamos en una situación un poco crítica porque la noche esta cayendo, es bastante tarde y todavía nos queda para llegar a Dichato, así que decidimos parar un coche para que lleve a Jordi al lugar donde vamos a pasar la noche y así nosotros seguir cuanto antes.

Son aproximadamente las nueve y media de la noche cuando estamos llegando. Todavía nos quedaba como una hora de camino y debido a todos los imprevistos hemos tardado mucho más de lo que esperábamos, pero por fin llegamos a nuestro destino final. Es un restaurante llamado Parrilla Uruguaya donde nos esperan Fran y Alejandra, una pareja muy entrañable que nos ha dado un pedacito de salón de su restaurante para poder descansar. Para nuestra sorpresa, nos damos cuenta de que la cocina está abierta y entran los primeros clientes mientras nosotros estamos preparando toda la parafernalia que tenemos para poder dormir. Sin ningún miramiento, les sientan en la misma mesa donde estábamos nosotros y juntos entablamos conversación y pasamos un momento maravilloso.

Los siguientes dos días los pasamos en este lugar, para nuestra sorpresa, la mañana siguiente tenemos una visita inesperada. Francisco nos despierta diciéndonos que tenemos dos personas fuera que nos han preparado el desayuno y quieren que les acompañemos. Son Guillermo y Mimi, la pareja que nos había parado de camino a Puerto Saavedra y nos habían invitado a pasar por su casa en Concepción. Pero como no habíamos podido acudir a su invitación y tenían muchísimas ganas de vernos decidieron venir hasta dónde estábamos para poder compartir con nosotros un ratito.

El resto del día, lo pasamos descansando. Nos damos un pequeño baño en el Pacífico y por la noche preparamos un Curanto al disco, tocamos la guitarra y charlamos en familia.

Salimos del restaurante sin saber que nos deparará el camino hoy. Tenemos que volver hacia Tomé para seguir camino hacia el norte. Nos despedimos de todos, sacamos una foto con nuestra nueva familia y nos vamos a las 13:30. Cuando más sol está pegando y peor hora tenemos para salir. Nos estamos dirigiendo hacia Coelemu y para llegar tenemos un puertito no muy pronunciado pero si bastante intenso si se hace con semejante calor.

Pasando Rafael, decidimos parar en una parada de autobuses cerca de una señora que vende “tortillas”. Mientras estamos comiendo nuestro pedacito de pan correspondiente, se nos ocurre preguntar a la señora que es lo que está vendiendo y por qué tiene este nombre. La señora, muy amablemente nos explica que es un pan que se hacer a partir del rescoldo de las cenizas de las brasas y hay que tener mucha paciencia para poder hacer un solo pan. Sin siquiera pedírselo, nos regala un pan para que lo probemos y para nuestra sorpresa, mientras estábamos probando semejante delicia, se permite el lujo de invitarnos a dormir a su casa. Son momentos especiales que te brinda el camino y si otra cosa no nos ha enseñado el viaje, es que nunca se puede decir que no a este tipo de invitaciones puesto que siempre deparan momentos muy especiales que el viaje sea de ensueño.

La pareja en cuestión está formada por Sole y José, un matrimonio que el 26 de enero de 2017 sufrió en sus propias carnes el incendio que azotó la región de Chile. Viven en la comuna de Pinihue y cuando solamente llevaban seis meses con su nueva casa recién construida, el incendio se llevó todos sus sueños y terminó con la casa que tanto habían anhelado. José, con lágrimas en los ojos, nos cuenta como han tenido mucha suerte puesto que en la comuna solamente se han quemado tres casas de los setenta vecinos que son. Aunque una de ellas ha sido la suya, se le nota en la mirada que siente de corazón la alegría de que a sus vecinos no les haya tocado la misma desgracia y nos deja sorprendidos la fuerza que tienen estas personas frente a las adversidades.

Tras un buen rato de charla y de organizarnos para dormir en la nueva casa que están haciéndose gracias a las donaciones de familiares y amigos, decidimos que éste es un lugar dónde debemos quedarnos no solo un día, sino el tiempo necesario para poder ayudar a esta familia a levantar de nuevo su casa. Los siguientes días los pasamos poniendo azulejos en el suelo de la casa y haciendo una solera de hormigón por fuera de todo el perímetro.

Dos días después, tras una mañana de despedidas, abrazos, risas y algún que otro regalo, salimos escoltados por José y Sole que nos siguen con su camioneta sumergidos en un mar de lágrimas puesto que han sentido muy de fondo nuestra visita en sus vidas.

Nuestra idea es intentar llegar a Cobquecura, está a 84km y comenzamos la carretera con diecisiete de bajada hasta Coelemu. Simón y Nacho van por delante, Jordi y Gonzalo van un poco más atrás. Como vemos que los chicos no vienen, decidimos parar para comer algo y esperarles. Pasa muchísimo tiempo hasta que por fin vemos a lo lejos que los chicos están llegando. Para nuestra sorpresa, Jordi nos comenta que su parrilla, definitivamente se ha partido y ha tenido que enmendarla con un poco de alambre que llevaba. Jordi no puede llevar sus bultos y los tenemos que llevar nosotros. El sol está pegando muy fuerte y necesitamos mirar lo de la parrilla mejor, decidimos parar a la altura de Taímo en una capilla que tiene un césped con una canilla de agua y es perfecto para acampar. Hemos hecho un total de 62km y nuestra necesidad de conocer mundo sigue sin disminuir.

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2018-03-05T03:39:05+00:00